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Extraído de la revista El Manguaré, edición 1

Expediciones y

El Oro de Angaíza


De todos los que han tratado de llegar al enigmático Angaíza, sólo uno de atreve a afirmar que estuvo ahí. Es el profesor Guillermo Vela Barbarán (56), quien sostiene que pudo ver de cerca, desde su falda, la majestuosidad del morro que se levanta imponente en medio de una agreste selva virgen atestada de animales selvajes.

Guillermo Vela, con una sonrisa muestra su reluciente dentadura como prueba. Refiere que como recuerdo de su aventura en el Angaíza, hizo revestir sus dientes con parte del precioso metal que trajo de ese lugar, como testimonio y para que de ese modo, cada vez que se cepille sus dientes vuelva a sentir la emoción de los días y noches difíciles que vivió con los cuatro aguarunas con quienes realizó la expedición.

En 1996, cuando Guillermo Vela trabajaba como maestro de la escuela No.151 de la comunidad de Huascayacu, convivió con nativos que aseguraban haber estado en el Angaíza.

El poblado de Huascayacu está ubicado junto al río del mismo nombre, afluente del río Mayo, en la mergen izquierda de este río; a unos 25 kilómetros de Moyobamba. Su población escolar era nativa casi en su totalidad.

Guillermo Vela cuenta que a poco tiempo que llegó a Huascayacu se ganó el aprecio de los miembros de la tribu, desde que con una inyección salvó de morir a una criatura que agonizaba, víctima de una fuerte infección instestinal. Un tiempo después, cuando aceptó beber masato (bebida típica preparada con yuca cocida y masticada) que antes se había negado a ingerir, rompió la desconfianza habitual que impena en los nativos cuando no se toma el masato con ellos. Dice que como muestra de amistad, Isachi, el Apu (jefe de la tribu) le invitó al morro para traer oro. "Acepté ante la insistencia de Isachi y de otros moradores. Yo sabía a lo que me arriesgaba, pues mi padre, don Edmundo Vela, que antes había participado en expediciones, incluso en la del Comandante Juan Heisen, me contaba lo difícil y peligroso que era".

Fue en Agosto del año 66, en un fuerte verano cuando empezaron a preparar el viaje. Como parte de la preparación, antes de emprender viaje tuvieron que tomar una purga concentrada de ayahuasca, a fin de fortalecer el cuerpo y el ámino, para soportar las inclemencias de la naturaleza.

En la expedición estuvieron además de Isachi y de Guillermo Vela, los nativos: Pinchupiá, Miguel y Noninko (agente municipal de Huascayacu). Los cuatro nativos decían que ya habían estado antes en el morro (no sabían que se llamaba Angaíza). Isachi solía hablar que en el morro había visto un cajón repleto de piedras brillantes y un toro bravo que balbeaba oro (toro wilca).

Isachi estuvo también en la expedición del comandante Heisen, el año de 1,949; pero como séptimo guía y cazador, funciones que no serían de su agrado, puesto que por su experiencia se sentía con derecho de ser un guía especial; por eso, como contaría despues, no quizo darles la ruta exacta hacia el objetivo. En los documentos que esxisten sobre esta expedición no figura el nombre de Isachi.

El apu de Huascayacu haría después un viaje al morro con Otoniel Barbarán, Miguel Ocmin y Edmundo Vela, tres mestizon con quienes habían en la expedición de Heisen. Pero no encontraron nada, ni el cajón de piedras brillantes ni al toro wilca. Creyeron que esto se debía al encanto del morro y a las ambiciones de hacerse ricos que obviamente tenían estas personas.

Al rayar el alba de un día lunes del mes de agosto del citado año, que prometía ser radiante como los días anteriores (Guillermo Vela no recuerda la fecha), los cinco expedicionarios enrumbaron con dirección al nor este, hacia el Angaíza. Llevaban un poco de carne seca y bastantes cartuchos Fanacasa para sus retrocargas. Por un camino angosto y poco accidentado llegaron ese mismo día, a eso de las tres de la tarde, al tambo de Miguel, el nativo que iba con ellos. De aquí el morro parece cerca. Pernoctaron en este tambo.

Al día siguiente, muy temprano reiniciaron la marcha. De este sitio ya no había camino, todo era monte alto. Tuvieron que avanzar sólo por la sapiencia de los aguarunas, por un terreno pantanoso de aguajales y renacales, siempre en alerta, sin pestañear, ante el acecho constante de las fieras de la selva.

El profesor Vela recuerda que los cuatro nativos, dentro de las cochas hacían puentes con sus brazos para que él pase, acciones que pintan la nobleza del pueblo aguaruna.

La noche los cogió en un terreno seco. Acamparon al pie de un gigantesco y frondoso ojé. La noche es más obscura en el monte. Las ramas de los árboles no dejan espacio para ver las estrellas, sólo para que las luciérnagas y añañahuis ofrezcan su luminoso espectáculo al ir y venir por entre el inmenso manto negro. Esa noche -- relata -- apenas cerraron los ojos. Ni siquiera pudieron prender fuego para no llamar a los insectos y serpientes que siguen a la candela. La pasaron en vela escuchando los rugidos y cantos de los animales que cada vez les parecían más cercanos.

En cuanto amaneció ya estaban de nuevo en marcha entre una nube de zancudos. En el camino iban comiendo la carne seca que llevaban. El terreno, como en el día anterior, presentaba las mismas características. Avanzaban con mucha dificuldad y sufrimientos. sigilosamente, porque se sentían escoltados por los temibles pumas y shushupes a los que de rato en rato los escuchaban.

Era el tercer día de aventura a "El Dorado". La carne que llevaron ya se estaba acabado, por lo que tuvieron que cazar un venado, escogiendo de entre otras especies de apetecidos animales que en este lugar andaban sosegados como en un corral. Los aguarunas que conocen todos los secretos de la jungla sabían que después de cada disparo tenían que tapar el cañon de la escopeta y apurarse, porque los shushupes que andan en manadas siguen el olor de la pólvora.

Cada cierto trecho se encontraban con gran cantidad de los simpáticos cotomonos y maqiisapas que juguetones trataban de acercárseles. También aves de ropajes multicolores y melodiosos cantos; preciosas orquideas de caprichosas formas. Un mundo extraordinario donde la flora y la fauna se manifiestan libremente en toda su plenitud.

Ese día, al caer de la tarde llegaron a la quebrada Mistelayacu, aguas cristalinas que bajan desde el morro. De aquí avanzaron siguiendo su cauce, hasta que después de unas horas llegó la noche y nuevamente a buscar un lugar adecuado donde acampar.

Al día siguiente, jueves, reiniciaron la marcha ni bien aparecieron los primeros rayos del sol, siguiendo la quebrada aguas arriba. A eso de las diez de la mañana ya estaban en la misma falda del morro. "Este se presenta inmenso ante nuestros ojos, con algunas aberturas que parecían cuevas", refiere Guillermo Vela. "A un costado estaba la quebrada Mistelayacu de 1.20 mts. de profundidad aproximadamente, cuyas aguas transparentes permitían ver muchas piederas brillantes en su interior. Cada vez que los nativos se sumergían para sacar las piedras, gruesas gotas de agua caían del cielo. Empezó a oscurecer como señal de una inmensa tempestad. Al final, logramos sacar unas 25 piedras pequeñas de color amarillento".

Al cabo de casi una hora de estar muy cerca al morro, decidieron emprender el retorno. No quisieron quedarse más tiempo proque, como manifiesta Vela Barbarán, ya no querían seguir arriesgándose.

El vieje de regreso lo hicieron más rápido, pero con las mismas dificultades. El sábado por la mañana ya estaban en Hus\ascayacu, tras heber vivido una semana inolvidable de emociones fuertes, frente a frente con el peligro en uno de las más inaccesibles lugares de la selva.

El profesor Vela dice que las piedras los llevó a Lima, para que ahí las analicen. Estas tenían un 50\% de oro de las más alta pureza, con el que mandó confeccionar una esclava de 100 gramos, una sortija y el revestimiento de sus dientes.

Han pasado casi 30 años de aquella aventura, pero Guillermo Vela dice que le parece si todavía susurrán en sus oídos el falalaláan de los shushupes y el rugir de los otorongos en señal de protesta ante la presencia de intrusos que han osado penetrar an su morada.

Allá están el morro de Angaíza y el Mistelayacu con sus montones de piedras brillantes en su lecho. Están las aves, los cotomonos y maquisapas; los pumas, las mariposas multicolores, las orquídeas, toda la flora y fauna casi intactas, y tal vez están también en alguna parte, el cajón de oro y el toro wilca esperando a intrepidos visitantes para compartir con ellos las riquezas y misterios que el morro guarda celosamente en su seno.


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